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Las cucarachas pueden ser luminosas

Es interesante que los escritos anteriores que hablan de la imagen -de alguna manera- escapen al ejercicio intelectual que se constituye en la exigencia del concepto; en realidad, creo que se presentan como insistencias, exigencias y hasta denuncias corpóreas en una visibilidad tangible -y al mismo tiempo- se abandonan para dar paso a otros modos de expresión, más confusos e impenetrables. Lugares desligados y distendidos del tener lugar, zonas que hacen de su acceso algo impenetrable –intratable- una evidencia para la cual no hay visión posible. Fracasamos doblemente: fracaso al hablar del cuerpo, fracaso al silenciarlo[1]; el cuerpo es demasiado opaco para entrar en el juego de las definiciones tributarias. Pero también, hay otros fracasos, más perversos y luminosos que se asoman en estos tiempos sucesivos, yuxtapuestos, del tipo ultrainformativo, tiempos de verdades negociadas programaticamente.
La voluntad de ver con los poderes del ojo siempre es una exigencia que busca la síntesis de dos dimensiones, se trata de una correspondencia por definición -una y otra vez- la relación entre sensibilidad y entendimiento. La mirada enfocada -pese a las formas y decorados- opera como dispositivo para salvar la re-presentación; y de este modo –inconsciente quizá- rescatar la concordancia con lo verdadero; o mejor dicho, poner al servicio de lo verdadero por concepto y acceso cuantificable lo que está afuera, la realidad; para decir –y con razón- que no estamos locos.
En este punto, la representación ya no es una forma de relación con esa exterioridad, sino una forma de reducir el peligro que esa exterioridad representa para el pensamiento[2]. Este peligro no es otra cosa que una provocación: salir de los límites, para navegar sin puerto en la intemperie, entregado al proceso inagotable de apertura; y cuyas consecuencias son inciertas, no hay control. Si el pensamiento alcanza la máxima intensidad y fuerza creadora en el límite del sin sentido, vale decir, en la experiencia de exposición corpórea con aquello que no conoce y no puede anticipar; entonces, reducir, limpiar extrañezas, eliminar las confusiones aclarándolas del todo, escondiendo los abismos sobre los cuales se construyen; es la máxima expresión de la no menos aplastante lógica de vigilancia y control. Sabemos que hay ciertas cosas que el sistema resguarda a través de aclaraciones, enfocando la realidad para ausentarla de su materia y memoria, cuida sus fronteras y redes de circulación bajo el discurso de la transparencia; y para ello, utiliza las imágenes. El peligro que, un sistema arraigado a las prácticas desubjetivadoras presiente, es el de una acción y no el de una virtualización; deberíamos insistir en hacer que la ausencia se vuelva presencia.
La voluntad de capturar y controlar el afuera del pensamiento se reduce al resguardo de las demarcaciones, consagra las veneraciones que han hecho del pensamiento una categoría aislada del cuerpo, una mera abstracción volcada al hambre de verdad y razonamiento; y que en definitiva, esconde la violencia que ya ha sido internalizada; miedo a sentir-pensar, miedo a comer, jugar, gozar, llorar, dormir, sufrir, amar, respirar; pero lo más desesperanzador, es el miedo al otro.
Asimismo, la imagen dogmática como interiorización del afuera bajo las leyes y normas de la lógica -de una supuesta naturaleza recta del pensamiento-, domina no sólo el pensamiento, convirtiéndolo en sistema o ideología, sino incluso, instaura ciertos modos de sentir y anular, de un modo no tan diferente, la imagen más crítica y osada deviene comprometida o superficial, ciertas modas, ciertos usos.
Bajo este mecanismo el cuerpo siempre es objeto, un cuerpo objeto bajo el cinismo pretencioso de mostrar un cuerpo-sujeto, por medio del ojo-razón, que sin duda, es un mundo de apariencias, un remedo de carne sin presencia, sin siquiera espesor alguno de órgano ni de penetración[3]. Las imágenes nos muestran miles de cuerpos, amontonamientos, ejércitos, tránsitos, escapes; cárceles, fábricas, hospitales, deposito de cadáveres, vagabundeos; cuerpos desolados, cuerpos amados, cuerpos torturados, deseados; hemos desnudado el cuerpo[4], lo hemos inventado y generalizado hasta convertirlo en nuestra angustia. No acusar esto, es otro fracaso que no difiere de la ideología, ni de la destrucción; menos aún, al de una economía que construye un catálogo de patologías para el cuerpo, o al de una mercantilización del cuerpo en el arte comprometido; y por tanto, tampoco se aleja del espectáculo y sus artificios.
Otras frustraciones se traducen en las consecuencias: ofertas miserables de vidas dañadas: carátulas, etiquetas; sujetos entregados a la instrumentalización devoradora de sí mismos, infancias productivas; negación de la experiencia como instancia de reconocimiento; aclaraciones que son anulaciones del porvenir de las historias, de los cuerpos y sus trasformaciones.
Conocemos de ante mano este programa que nos separa, sabemos que al meter el cuerpo en el programa lo ponemos a distancia, no solo como otra cosa que pensamiento, sino lejos del mundo de los cuerpos, sin contacto real, en su pura soledad de objeto vaciado. Sabemos que el programa se disfraza de política, arte, ética, y también de cucarachas con forma de estrella. Radicalizar esa separación para llevarlo al punto de su desaparición, se reduce a una mera contemplación, a un estado de sobre-ver, al ejercicio del ojo devorándose, que no es diferente al ejercicio del tirano que se ve a sí mismo una y otra vez.


[1] Nancy
[2] López, acerca de Deleuze
[3] Nancy
[4] Nancy

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